Startups locales que abren camino en la tecnología de alimentos
Tres casos de “foodtechs”
Gabriela Pagnussat, cofundadora de ThermoReLeaf.
“Nuestra región tiene un enorme potencial productivo, pero necesita innovación para garantizar que los alimentos lleguen a más personas y de manera más sostenible”, explicó recientemente Juan Negro, director de Eatable Adventures para el Cono Sur.
Lo hizo durante la presentación del Programa de Aceleración FoodRise, que cuenta con el apoyo de BID Lab, el brazo de innovación y venture capital del Banco Interamericano de Desarrollo, y que eligió a las foodtechs argentinas más innovadoras a fin de ayudarlas a escalar sus soluciones.
Para que una startup biotecnológica pueda avanzar, esa asistencia se vuelve casi tan necesaria como el tiempo. “En el último año, la mayor dificultad fue la escasez de recursos financieros para validar una tecnología que sólo había sido probada a escala de laboratorio”, admitió Gabriela Pagnussat, quien fundó la startup ThermoReLeaf, dedicada a generar semillas no transgénicas resistentes al calor y que desarrolló desde el Instituto de Investigaciones Biológicas del CONICET, con sede en la Universidad Nacional de Mar del Plata.
Para la emprendedora la necesidad de financiamiento adquiere además otro sentido: el de tender un puente hacia la industria, salir del ámbito protegido de la investigación para entrar en el territorio más incierto de la aplicación.
La historia de ThermoReLeaf se remonta a 12 años atrás cuando Pagnussat, junto a un grupo de investigación integrado por quienes hoy son también sus socios Ayelén Distéfano y Diego Fiol –los tres, doctores en ciencias-, descubrieron un mecanismo al que llamaron “ferroptosis”.
“Se trata de un proceso de muerte celular dependiente del hierro, que se dispara específicamente por el calor y que fue publicado en 2017 en Journal of Cell Biology”, explicó Pagnussat, reciente ganadora del Premio L’Oréal-UNESCO 2025 “Por las mujeres en la ciencia”.
“Durante esos años, realizamos estudios para identificar los genes implicados tanto en el proceso como en su inhibición, las biomoléculas relacionadas con ese mecanismo, y los eventos a nivel celular y subcelular que ocurren cuando la señal de calor es percibida y transducida hasta derivar en la muerte celular por altas temperaturas”, precisó.
Hubo un instante decisivo, sin embargo: aquél en el que comprendieron que no se trataba de un error del microscopio. Que, en efecto, podían frenar la muerte celular de plantas expuestas a 55 grados de temperatura. Esa certeza -frágil al comienzo, firme con el tiempo- se convirtió en la base de las estrategias biotecnológicas de la startup.
Su propósito es generar semillas no transgénicas resistentes al calor (que genera pérdidas de productividad de entre el 15 y el 30%) y que puedan ser tratadas como convencionales en los mercados del mundo. Para aquellos países que presentan restricciones regulatorias, desarrollaron además un formulado basado en biomoléculas de origen vegetal, aplicable en semillas y hojas, que también permite altos rendimientos bajo estrés térmico.
Según la emprendedora ambas soluciones -con estudios de patentabilidad positivos y en proceso de avance para proteger la propiedad intelectual- prometen mejorar hasta en un 100% el rendimiento frente al estrés por calor, sin modificar las prácticas agrícolas actuales.
Aunque el producto formulado aún se prueba a escala de invernáculo en cultivos de soja, trigo, arroz y tomate, Pagnussat confía en que las tecnologías de ThermoReLeaf pueden aplicarse a cualquier especie y en cualquier región afectada por olas de calor.
La idea, explicó desde su laboratorio de biología celular y molecular, es “realizar los primeros ensayos a campo durante el próximo verano del hemisferio norte y en el siguiente del Cono Sur, y contar con el producto validado para tres especies en los próximos 18 meses”.
La startup se encuentra todavía en una etapa precomercial, de validación. Sus fundadores proyectan un modelo de negocios basado en el licenciamiento de la tecnología patentada a productoras de semillas y empresas biotecnológicas.
Pagnussat ve a ThermoReLeaf como “una empresa capaz de impactar en los rendimientos de los cultivos, tanto en la Argentina como en otras regiones del mundo golpeadas por el calor, evitando al mismo tiempo la deforestación y la pérdida de fuentes de trabajo”.
BeCaps es una startup que patentó una tecnología que permite transformar productos biológicos líquidos en microcápsulas sólidas. Alumbrada en 2024, nació de la convergencia de décadas de conocimiento científico acumulado y el hallazgo de una demanda de mercado insatisfecha, real y, sobre todo, obstinada.
Una de sus fundadoras, María Flavia Luna, lleva casi treinta años investigando el uso de microorganismos en la agricultura en el Centro de Investigación y Desarrollo en Fermentaciones Industriales del CONICET y la Universidad Nacional de La Plata. Esa prolongada convivencia con el objeto de estudio le permitió conocer no sólo sus virtudes, sino también sus limitaciones cuando abandonan el ordenado mundo del laboratorio y llegan al campo.
Los otros dos fundadores, Emiliano Barbero y Juan Manuel Crespo, advirtieron un problema complementario: la falta de confiabilidad que los usuarios perciben en los bioinsumos, debido a resultados inconsistentes, difíciles de reproducir o que exigen cambios operativos que los propios agricultores no están en condiciones de asumir, aun con la mejor de las voluntades.
Mientras tanto en las industrias farmacéutica y alimentaria ya se utilizaban desarrollos destinados a proteger y estabilizar microorganismos, que incluían formas de microencapsulación. Sin embargo, la mayoría de estas soluciones resultaban costosas o limitadas los costos del agro.
La decisión clave, explicó Barbero, “consistió en explorar el uso de subproductos agroindustriales que, aunque no son compuestos puros, presentan propiedades fisicoquímicas muy valiosas para la microencapsulación y permiten reducir drásticamente los costos”.
A partir de esa base diferencial, “el trabajo fue optimizar y perfeccionar la formulación y el proceso hasta lograr una plataforma que combina protección microbiana, estabilidad y eficiencia económica”. En otras palabras, tornaron posible la adopción de una tecnología, la microencapsulación, en un mercado en el que antes no era una opción real.
En términos concretos, la tecnología patentada por la startup con oficinas en el Parque de la Innovación porteño y laboratorio en la localidad bonaerense de Tolosa permite transformar productos biológicos líquidos en microcápsulas sólidas, con hasta 24 meses de estabilidad a temperatura ambiente y elevada concentración microbiana, lo que reduce de manera apreciable los costos logísticos.
“La plataforma fue validada con microorganismos utilizados en cultivos como maíz y soja. Los ensayos muestran incrementos de rendimiento que superan el 10% en comparación con manejos tradicionales. En el caso del maíz, esto puede implicar que, por cada dólar invertido en una solución basada en esta tecnología, el productor obtenga retornos cercanos a 60 dólares en rendimiento”, estimó Barbero.
La versatilidad de la plataforma permitió, además, explorar otras aplicaciones. Actualmente trabajan con clientes y socios para evaluar su empleo en probióticos destinados a la nutrición animal y humana, así como en vacunas orales de uso veterinario.
Hasta el momento, BeCaps se financió mediante una combinación de desembolsos de capital por alrededor de 100.000 dólares, aportados por inversionistas ángeles, y fondos no dilutivos por otros 50.000 dólares, obtenidos gracias a premios y programas de apoyo a la innovación, como CATAL1.5°T y Seedbed Incubator de EIT Food.
“Ya contamos con el primer pedido de media tonelada de producto formulado con esta tecnología, lo que marca el inicio de la etapa de salida al mercado”, aseguró el emprendedor.
El foco, aclaró, “no está en vender un producto final al productor, sino en trabajar junto a compañías de bioinsumos y fertilizantes para mejorar sus productos”. Una estrategia que, como muchas otras, parece evidente sólo después de haber sido formulada.
A comienzos de la década de 1990 Héctor Álvarez investigaba la producción de plásticos biodegradables mediante bacterias en el Instituto de Microbiología de la Universidad de Gotinga y, más tarde, en el Instituto de Microbiología Molecular y Biotecnología de la Universidad de Münster. Lo hacía gracias a una beca doctoral financiada por el Servicio Alemán de Intercambio Académico.
Fue en ese proceso en el que apareció lo inesperado. La bacteria que observó no producía los compuestos buscados, pero poseía otra facultad: era capaz de generar de manera natural grandes cantidades de triglicéridos.
El hallazgo constituía una novedad en el ámbito de la microbiología y Álvarez reorientó su tesis hacia el estudio básico de aquel microorganismo y de su capacidad de producción de lípidos.
A su regreso a la Argentina continuó esa línea de trabajo en el Instituto de Biociencias de la Patagonia del CONICET y la Universidad Nacional de la Patagonia San Juan Bosco, en Comodoro Rivadavia.
El avance en la comprensión de las condiciones que activan la producción de triglicéridos en estas bacterias se transformó en algo más que conocimiento académico: se convirtió en una herramienta de valor para el desarrollo de tecnologías aplicables a la industria. En abril pasado, Álvarez fundó Abydos Bioscience junto con Martín Hernández, su colega en la universidad San Juan Bosco; Ana Arabolaza, investigadora del Instituto de Biología Molecular y Celular de Rosario y Karina Amado, exdirectora de Operaciones de Ergo Bioscience y actual CEO de la iniciativa.
A partir de cepas no modificadas -resguardadas como secreto industrial-, la startup produce una manteca de cacao equivalente. “No un sustituto ni un reemplazo”, aclaró la directora ejecutiva, sino “un producto con elevada similitud en su composición química respecto de la manteca de cacao natural”. Esa equivalencia permite su mezcla con otras grasas para obtener los blends que la industria alimentaria utiliza en barras de chocolate, rellenos y aplicaciones de pastelería.
Además, explicó, “resulta apta para formulaciones cosméticas en las que no aplica el estándar de identidad del chocolate”, límite legal que restringe el uso de ingredientes distintos del cacao natural.
“Las primeras pruebas de calidad demostraron que la manteca de cacao equivalente emula de manera muy cercana el comportamiento de la natural en los tres parámetros de medición más relevantes: punto de fusión, cristalización y contenido de grasas sólidas. Incluso, obtiene mejores resultados que equivalentes producidos a partir de levaduras o microalgas”, subrayó.
La literatura científica, según refiere Amado, respalda que las bacterias alcanzan una productividad un 60% mayor que las levaduras. En el caso particular de las empleadas por Abydos Bioscience, “ofrecen además una ventaja adicional: permiten reaprovechar diversos desechos agroindustriales, revalorizándolos como insumos del proceso de fermentación y producción de lípidos”.
¿Por qué elegir la manteca de cacao equivalente como primer objetivo? La respuesta remite a una escala mayor. En los últimos veinte años, más de 13.000.000 de hectáreas de bosque fueron reemplazadas por cultivos de palma y cacao.
En ese contexto, Amado advirtió que “el aumento de la demanda previsto para los próximos diez años no podrá satisfacerse con las tierras disponibles”. De allí que empresas como la suya busquen alternativas antes de que la escasez se imponga.
Aunque Abydos Bioscience se encuentra todavía en etapa de investigación y desarrollo, con un producto mínimo viable, sus fundadores ya proyectan un modelo de negocios B2B orientado a las industrias de alimentos, cosmética y nutracéutica.
Hasta el momento, la startup obtuvo 200.000 dólares de capital por parte de Big Idea Ventures, un fondo neoyorquino especializado en foodtech, y acaba de anunciar la apertura de una ronda presemilla de 750.000 dólares.
El objetivo de esos fondos, según explicó la emprendedora, es presentar una patente provisional en los Estados Unidos, iniciar el proceso regulatorio ante la Administración de Alimentos y Medicamentos de ese país, y escalar la producción hasta un nivel preindustrial, mediante la colaboración con socios estratégicos.