Cómo es la certificación “B” que usan las pymes para exportar a la Unión Europea
Sello de calidad
Los socios fundadores de Pura Frutta: Martín Carro, Carlos Molestina y Marcos Mercado. Foto: Cortesía Pura Frutta
El reciente acuerdo entre el Mercosur y la Unión Europea que regirá en forma provisoria a partir del 1° de mayo implicará para las empresas exportadoras, en especial para las pymes, la necesidad de demostrar prácticas responsables con la sociedad y el ambiente. En este contexto contar con certificaciones como la de “Empresa B” resulta clave para ingresar a mercados cada vez más exigentes.
Se trata de un modelo de negocios que asocia el beneficio económico al cuidado ambiental y social. En el mundo hay más de 10.300 compañías que operan bajo este paradigma, y en Argentina 278 firmas recibieron la certificación “B” (Benefit Corporation).
Para obtener este sello, “las empresas deben definir un propósito (el para qué existen); modificar sus estatutos para comprometer a sus accionistas a tomar decisiones teniendo en cuenta las variables socio-ambientales; y medir y gestionar su impacto (el cómo lo hacen)”, explicó Cecilia Peluso, directora de Sistema B Argentina.
A través de la Evaluación de Impacto B se analizan cinco áreas relevantes del negocio: gobernanza, trabajadores, clientes, comunidad y ambiente, con el fin de identificar oportunidades de mejora.
Esta certificación, “más allá de avalar el impacto positivo en las dimensiones económica, social y ambiental, genera confianza en los consumidores y allana el camino a la hora de exportar”, aseguró Peluso.
Hilandería Warmi produce tejidos a partir de fibras naturales —principalmente de llama— en Abra Pampa, provincia de Jujuy. Fue creada a fines del 2013 por emprendedores y mujeres de la comunidad Warmi, retomando un antiguo proyecto estatal de establecer una fábrica textil en el corazón de la Puna.
Hoy la firma, una de las primeras en obtener la certificación B en Argentina, ocupa a 30 personas en forma directa y a más de 600 pequeños productores de comunidades cercanas. “Exportamos parte de la producción a Europa y Estados Unidos, donde existe una fuerte valoración por los textiles naturales, la trazabilidad y los modelos productivos con impacto social”, comentó Gastón Arostegui, director ejecutivo.
“La decisión de certificar como Empresa B fue una forma de expresar y ordenar el ADN de la compañía, que nació con una mirada de impacto social, ambiental y territorial integrada al negocio. La certificación representó la formalización de una manera de trabajar y de tomar decisiones que ya teníamos”, agregó.
El proceso implicó una revisión integral de la organización y demandó varios meses de trabajo interno. Como resultado, permitió mejorar herramientas de gestión y fortalecer la transparencia, además de integrarse a una red global de empresas que comparten valores y estándares comunes.
Fundada en 2015 en el Valle de Río Negro, Pura Frutta surgió de la idea de los emprendedores Martín Carro, Carlos Molestina y Marcos Mercado de aprovechar frutas que no tienen salida comercial por razones estéticas pero que son aptas desde lo nutricional, para hacer jugos naturales.
En 2019 generaron una alianza con Moño Azul, la principal exportadora argentina de manzanas, peras y kiwis, y encararon un proceso de expansión internacional, combinando exportaciones y acuerdos de licenciamiento de marca.
“Nuestro modelo de negocios nos permite reducir el desperdicio y pagar mejor al productor”, comentó Carro. “Certificar como Empresa B fue tanto una decisión empresarial como un proceso interno entre los socios. No se trató solo de obtener un sello, sino de usar la certificación como una guía para hacer las cosas bien: cuestionarnos y medir cómo impactamos en las personas, el ambiente y la comunidad”, agregó.
El proceso llevó varios meses e implicó revisar desde las prácticas laborales hasta la cadena de valor. “Nos obligó a profesionalizar cosas que ya hacíamos por convicción, pero que no estaban formalizadas”, señaló Carro. “Hoy podemos demostrar con datos lo que antes era sólo un discurso. Y eso nos sirve tanto puertas adentro, como también ante los consumidores y socios comerciales en el país y el exterior”.
“Mantara no vende alfombras, sino historias tejidas en nuestra Argentina”, afirmó Carolina Pavetto, fundadora de esta fábrica de tapices y alfombras que hoy emplea a 130 personas, en su mayoría mujeres, en Santiago del Estero.
La compañía, que exporta 30% de su producción a Estados Unidos, Reino Unido, Uruguay e Italia, obtuvo la certificación B en 2021 y recertificó en 2025.
“Lo hicimos para profesionalizar y eficientizar los procesos. Y ésto también mejoró nuestra proyección en el mercado internacional, donde el sello B es valorado porque garantiza la transparencia y la trazabilidad de los productos”, dijo la emprendedora.
Pavetto planteó que “en el mercado local deberíamos contar alguna política que nos beneficie a la hora de competir con empresas que no son B”, pese a lo cual diversos proyectos de Ley de Empresas BIC (beneficio e interés corporativo) presentados desde hace una década al Congreso vienen perdiendo estado parlamentario.
“Hace algunos años ser Empresa B era algo de nicho, pero ahora es una señal hacia todos los públicos y mercados”, apuntó Marcelo Lang, socio de Arytza, fabricante de especias, condimentos y aderezos fundada en 2001. “Cuando la gente compra, elige a qué tipo de empresas y marcas apoyar; y las empresas B demuestran que lo económico, lo social y lo ambiental pueden ir de la mano”, destacó.
En el caso de esta compañía, que hoy exporta 25% de su producción a Estados Unidos, Alemania, Chile y Ecuador y también lo ha hecho a Corea y Japón, el proceso de certificación arrancó en 2019. “Ya veníamos trabajando de un modo que linkeaba con lo que Sistema B promueve. Por ejemplo, apoyar a pequeños productores de materias primas en distintas regiones del país. O apuntar a la alimentación saludable. Entonces el primer beneficio fue integrarnos a un ecosistema de negocios que promueve el cuidado del ambiente y la inclusión social”, afirmó Lang.
Instalada en el Valle de Uco mendocino a fines de los 90, la bodega familiar de origen francés Domaine Bousquet fue pionera en la producción de vinos orgánicos en el país. Hoy exportan más de 90% de su producción, principalmente a Estados Unidos, y tienen presencia en 60 países.
En 2022 Domaine Bousquet obtuvo la certificación B. “Este sello ha sido clave para fortalecer nuestra presencia en mercados de alto valor, ya que nos diferencia y genera confianza con distribuidores, minoristas y consumidores”, afirmó Anne Bousquet, cofundadora y socia de la bodega.
“La Certificación B es un plus en un mercado cada vez más exigente y alineado con principios de sustentabilidad. Y nos permite competir con otras marcas globales que ya están adoptando modelos de negocio responsables”, sostuvo la empresaria.
En un mundo que enfrenta una triple crisis ambiental por el cambio climático, la pérdida de biodiversidad y la contaminación por residuos, diferenciar a las empresas que cuidan al ambiente y a las personas a la par que hacen negocios, se vuelve indispensable.