Reyes y líderes históricos que se tatuaron: marcas imborrables del poder
Arte en la piel- Un poderoso gobernante imperial tenía en su antebrazo una sorpresiva figura. Cómo se hacían los tatuajes en el siglo XIX, contado por un rey británico.
- Además, el mito del escudo tatuado en el pecho de un Presidente de EE.UU. y los antecedentes familiares de Winston Churchill en el uso de este arte.
Lejos de connotaciones negativas ligadas a los ámbitos carcelarios y de navegación en ultramar, los tatuajes hoy cuentan con una aceptación y práctica social visible en países occidentales.
Hasta se vieron en figuras de la cumbre del poder político, con la foto del ex Primer ministro de Canadá, Justin Trudeau, quien en 2015 mostró su tatuaje con significado indígena. Pero siglos atrás, en los círculos políticos más exclusivos ya se recurría a esta práctica milenaria.
Desde reyes del Reino Unido hasta un zar de Rusia marcaron su piel con tinta. De todas maneras, no faltan inventos y mitos sobre ciertas personalidades históricas, las cuales serán reveladas al final de este artículo.
¿Quién hubiera dicho que debajo del pomposo atuendo de un todopoderoso emperador había un animal mitológico?
Son conocidas la Revolución rusa de 1917 y el declive de la familia Romanov entre una economía rural estancada y un campesinado pobre e inquieto (en 1905 había ocurrido la primera gran revuelta). Aun más lo es la anecdótica –para los términos históricos- “mala influencia” que ejerció el monje Rasputín sobre aquella corte real.
Pero no tan recordado es el dragón que el zar ruso Nicolás II se tatuó en su antebrazo derecho.
Fue durante una visita a Japón en 1891, tres años antes de asumir sus funciones como máximo gobernante del territorio más extenso del mundo. Tal travesía –que recorrió Grecia, Egipto, India, Singapur, Siam, China, entre otros- tenía el propósito de prepararlo para el trono, acercándolo a culturas extranjeras.
Y en el país insular había maestros del tatuaje, quienes llamaron la atención del joven de 22 años.
En la ciudad de Nagasaki, dos expertos japoneses le dejaron la marca imborrable al zarévich (la forma eslava de llamar al príncipe heredero). Por otra parte, en este periplo contaba con la compañía de su primo, el príncipe griego Jorge de Grecia y Dinamarca. El mismo que, según se cuenta, salvó a Nicolás de la muerte en un atentado divulgado como el Incidente de Ōtsu.
La sesión se realizó arriba de la fragata de la alteza. Es que esa actividad –que se usó históricamente para “marcar” a quienes desobedecían las leyes- estaba prohibida por el gobierno Meiji.
El Imperio nipón consideraba a los tatús como algo “incivilizado”. Sin embargo, se hacía una excepción con los extranjeros.
Tiempo después, el lugar donde se grabó la mencionada imagen volvió a los recuerdos del joven, pero con motivos bien distintos. Entre 1904 y 1905 aconteció la Guerra ruso-japonesa, en la que Japón salió victorioso. Dicho sea de paso, las frustraciones y humillaciones de aquel conflicto sacó a la superficie el malestar entre la población rusa, lo que elevó el descontento con la autocracia zarista.
Volviendo al tema artístico, otros dos príncipes británicos se dirigieron al mismo país una década atrás, y también se dejaron marcar por las diminutas agujas. Según los registros de sus diarios, los por entonces adolescentes Alberto Víctor y Jorge de Gales quedaron fascinados con los especialistas del horimono, una técnica de tatuaje tradicional nipona.
Lejos de tatuarse casi todo el cuerpo –como solía hacer esa práctica-, en 1881 el príncipe Alberto Víctor se tatuó una grulla danzante en la parte superior del brazo, según cuenta Royal Collection Trust en su página web.
Por su parte, su hermano Jorge se dejó en un brazo un dragón y en el otro, un tigre. Sin embargo, nunca fueron vistos públicamente, aseguró la BBC en su artículo The close relationship between the royals and the navy.
Estas elecciones cuentan con un marcado simbolismo. En las antiguas creencias asiáticas, el tigre representa al yin (de la antigua palabra china para sombra), mientras que el dragón al yang (de la palabra para brillo).
De esta manera, la combinación de ambas poderosas fuerzas representa la formación del universo. Así se entiende mejor la sabiduría que caracteriza al dragón, al haber estado en los inicios de todo. Asimismo, significa protección y el derecho divino del emperador a gobernar.
A pesar de que no hay imágenes de los tatuajes, el joven llegó a detallar el proceso -que aseveró no haberle dolido- en uno de sus diarios destacados por el medio DailyMail, en su nota titulada The royal with the dragon tattoo!
“(El tatuador) Primero esboza el contorno sobre la piel con tinta china y agua, y luego pincha con los colores necesarios, azul o rojo, con pequeños instrumentos que parecen pinceles de pelo de camello, sólo que en lugar de pelos están formados por muchísimas agujas diminutas”, señaló Jorge de Gales.
Y continuó con suma precisión: “Un hombre mezcla los colores y el otro tatúa, sosteniendo el instrumento con la mano derecha y agarrando tu brazo con la izquierda, mientras tensa la superficie de la piel sobre la que se realizará el dibujo entre su pulgar y su dedo índice”.
El por entonces adolescente -quien era increíblemente similar en su aspecto físico a Nicolás II, su primo ruso- ya tenía el ejemplo de su padre, Eduardo VII, afirmó el historiador Lord Lexden en la publicación Royal tattoos hecha en The Times.
Eduardo VII, cuando todavía se llamaba Alberto, se tatuó en 1862 una Cruz de las Cruzadas en Jerusalén. Pero ocho siglos atrás lo aventajó el antiguo rey Harold II de Inglaterra. Tras su muerte en la batalla de Hastings en 1066, sus numerosos tatuajes sirvieron para identificar su cuerpo, señaló Royal Museums Greenwich en su website.
Winston Churchill, cuyo primer mandato en el Reino Unido atravesó la Segunda Guerra Mundial, le dedicó un importante lugar al arte en su vida. Así se ve en su afición a la pintura y en los reconocimientos que tuvo. Entre ellos, nada menos que un Premio Nobel de Literatura.
Churchill quería el de la Paz, pero recibió aquel galardón en 1953 por su imponente oratoria y su dominio de la historia y descripción biográfica.
Ahora bien, sobre su cuerpo se dice que tenía un ancla tatuada al igual que los viejos marineros, aunque nada de ello consta en los archivos del Churchill Centre.
Sí se sabe con seguridad algo que involucró a la madre del Primer Ministro que combatió a Adolf Hitler. La progenitora de Winston, Jeanette Jerome –también llamada Lady Randolph Churchill-, tenía un tatuaje de una serpiente en la muñeca, de un tamaño que permitía su ocultamiento con brazaletes.
Por aquella época (fines del siglo XIX y principios del XX) los tatuajes se pusieron de moda entre los aristócratas, cuenta el mencionado sitio de Royal Museums Greenwich.
En consecuencia, esta actividad –que con los ligeros pinchazos de la aguja resultaba prácticamente indolora- era costosa. Pero al abaratarse con el paso del tiempo, tal práctica “decayó” entre estas élites y “la adoptaron las clases bajas”.
Si bien algunos medios aseguran que el Presidente de Estados Unidos Theodore Roosevelt tenía un enorme tatuaje del escudo de su familia en el pecho, un estudio indicó que esto es falso.
Esa idea tendría sus orígenes en una portada de Puck, una exitosa revista de humor en el país de América del norte. Bajo el título The New Tattooed Man: He Makes an Exhibition of Himself, se ilustró a Theodore cubierto de tatuajes.
Y el contexto de esa tirada es un dato a destacar: la edición salió el 10 de abril de 1912, año en que el exmandatario participó (con resultado desfavorable) de unas elecciones presidenciales.
Luego apareció lo del escudo, pero el político republicano no tuvo dicho emblema. Aunque Theodore sí tenía unas marcas negras por residuos de pólvora ante una quemadura accidental a los 13 años, determinó el médico estadounidense Leonard J. Hoenig en su trabajo Theodore Roosevelt's Tattoos and the Presidential Election of 1912.
Para colmo de males, en Internet se adjudicó el mito a otro Presidente estadounidense con el mismo apellido: Franklin D. Roosevelt, el creador del New Deal.
Otras dos personalidades históricas de las que se deslizó que podrían haber tenido tatuajes fueron el novelista George Orwell y el científico Thomas Edison.
Al escritor del libro de ficción distópica 1984 se le adjudicaron tener cinco puntos redondos y azules sobre cada uno de los nudillos en ambas manos. Se los habría hecho durante su época de policía en la Birmania colonial. Pero lejos de darse por cierto, un solo testimonio respalda este tatuaje, citado por el escritor inglés Gordon Bowker en un artículo de The Guardian.
Aun menos fuentes existen sobre el creador estadounidense de la pluma eléctrica. Edison habría optado por una imagen geométrica denominada quincunce, similar a la del número cinco de un dado, según publicó Port Huron Museums, en la cuenta de Facebook de estos museos ubicados en Michigan, Estados Unidos.
Más certera es la influencia de la pluma eléctrica. El nombrado invento fue fuente de inspiración en Nueva York, la ciudad que tuvo a Martin Hildebrandt como uno de los principales referentes de los tatuajes modernos en Occidente.
Más concretamente, el tatuador Samuel F. O'Reilly, basándose en lo hecho por Edison, patentó la primera máquina eléctrica para tatuar en 1891.