Batman en el subte
Pasiones argentinas
Batman y un experimento en el subte. Foto: REUTERS
Hasta hace un par de años, todo el mundo hablaba de empatía. Hoy, que el odio está de moda, está empezando a desaparecer del léxico. El problema no es la palabra, claro. Si es por elegir términos, yo prefiero “simpatía”: es mucho más exigente porque requiere cierta magia.
La simpatía no es voluntariosa, simplemente ocurre. Nadie tiene control sobre ella, es una especie de glamour, un don, como un embrujo, que se ejerce sobre los demás sin mediar una intención. Por algo, alguna vez se elegía a la reina de esa cualidad (Miss Simpatía); una distinción para otro tipo de belleza (sí, también podía ser una especie de premio consuelo por no ser elegida la más linda, patriarcalismo mediante en ambos casos).
Hubo un tiempo en que “simpático” era sinónimo de amable. Las personas amables o simpáticas son fáciles de querer y, de alguna manera, contagian a los demás de una rara dulzura que suspende juicios y severidades. Ser empático, en cambio, no es (o no era) un rasgo definitorio de nadie, sino una característica común a toda la especie humana. De hecho, hay estudios que muestran que hacia los dos años los niños ya la tienen desarrollada y que la compartimos con algunos animales, como los monos bonobos. Incluso algunos roedores han demostrado ser capaces de empatizar con el sufrimiento de los pares con los que comparten jaula. La empatía, parece, es la base para la formación de las comunidades: una habilidad prosocial.
¿Quién no se conmueve ante el dolor o la necesidad de otro? Bueno, parece que somos capaces de ir expulsando cada vez más rasgos positivos de nuestra definición de humano y nos estamos quedando con una versión muy pobre (el egoísmo productivo, la acumulación sin fin, el exterminio de los más débiles).
Será por eso que hay científicos preocupados por estudiar cómo inocular empatía a los humanos. Hace poco leí sobre un experimento que hizo un equipo de psicólogos de la Università Cattolica del Sacro Cuore de Milán. Descubrieron que la simple presencia de una persona disfrazada de Batman en el transporte público aumentaba la probabilidad de que los pasajeros cedieran su asiento a una mujer embarazada. Para ello, se observaron 138 viajes en subte, algunos con la presencia del enmascarado, otros sin ella, todos con una mujer embarazada elegida para tal fin y observadores atentos. El resultado: 67,21 % de los viajeros ofreció su asiento cuando Batman estaba presente, frente a un 37,66 % que lo hizo en vagones en los que no viajaba ningún enmascarado.
Los psicólogos explicaron que una figura inusual funciona como una especie de “interruptor” que saca a las personas de su automatismo habitual y las hace registrar mejor su entorno. O sea, no necesariamente se vuelven más altruistas por la presencia de un miembro de la Liga de la Justicia. Los psicólogos concluyeron que no hacen falta grandes campañas para fomentar la cortesía cotidiana, bastaría, en principio, con estos pequeños interruptores de la rutina cotidiana. En teoría, alguien disfrazado de Trump, de Milei, del Guasón o de payaso puede funcionar como interruptor. Habría que hacer el experimento. A mí me parece difícil imaginar que la reacción sea la misma ante cualquier figura.