Milei, Fátima Florez y el Chaqueño Palavecino

Ideas al paso

El presidente Javier Milei canta con Fátima Florez en Mar del Plata. Foto: Prensa

Ella, felina y ondulante. Él, de negro, furioso; la voz más grave que cuando da discursos, un tono de afonía rockera. Una mano vibra desenfrenada mientras canta. Ella enfundada en sus brillos y curvas. Él rodeándola, un gato siamés. Arde: «Quiero verla en el show, es como un gato siamés. Su cola arde en el risco. Espero que alguna vez, al ver sus ojos me den alguna noche de hotel».

El público salta y canta, y luego un beso íntimo entre ambos.

La danza, ella y el presidente tomando en Mar del Plata el protagonismo ante un público ávido: el inédito aluvión libertario que avanzó hacia ese enero frente al mar. Y enseguida, al terminar el show, salían los espectadores de otro show antilibertario que en las calles, al ver a Milei, lo insultaron «¡HDP!» y este, a su vez, les retrucó a los gritos desde el estribo de su auto.

Y toda la comunicación política se volvió corporal, estentórea y paralela a los datos y los avatares de la política y la economía.

Es la economía teatral del show. No es nueva. Pero es diferente.

Carlos Menem también bailaba. Cristina Fernández también lo hacía. Una vez, en una noche aciaga de muertes en el país tras un levantamiento policial en diversas provincias, en la Plaza de Mayo, CFK bailaba omitiendo el drama. Fue el 10 de diciembre de 2013. Resonaba la percusión K, la cadencia murguera. Todo cambia.

Tras el reality show con Fátima, Milei redobló la apuesta y siguió el show en Mar del Plata: el espectáculo político de la Derecha Fest, ante su núcleo duro y cautivo, donde asomaron internas y silbatinas según quién subiera al escenario.

Y antes, Milei en el Festival Nacional de Doma y Folklore de Jesús María —tradicional bastión del folclorismo cimentado en la celebración de la autoctonía nacionalista—, el presidente subió al escenario junto al eterno ensombrerado Chaqueño Palavecino y vociferó «Amor salvaje», otra vez con una letra ardiente: «Amor salvaje, amor prohibido, que me quema la sangre y el alma... Juntos cruzamos los umbrales del pecado, en una noche de pasión desenfrenada…».

Y el público otra vez coreaba y aplaudía, y el Chaqueño fue luego vituperado por los tradicionalistas, raigalmente anti libertarios. El juego de la política se juega también en la vorágine del espectáculo popular. Milei apuesta a avanzar en el reconocimiento sentimental popular. En el escenario su cuerpo no respeta protocolos ni distancias palaciegas.

Showman, imitador, trovador de amores de poesía cancionera, rocker... ¿O más bien estratega político, acelerando la exploración de más poder entre segmentos otrora y durante eras hipnotizados por la Marcha Peronista? Milei acecha simbólicamente a Fátima y ella lo rodea en cadencias sensuales curvilíneas; él parece abalanzarse. El gato siamés no lo rechaza. El público no solo busca palabras, sino energía. Y esa energía es objeto de apologías o rechazos.

Nuevas coreografías para los nuevos tiempos, aunque la conjunción de danza y política no es nueva. «La danza es un sistema de comunicación que permite a los sujetos políticos hablar con sus cuerpos y crear espacios encarnados. Es una forma de activismo, un mensaje físico dinámico anclado en su capacidad para trascender todas las fronteras de género, raza y política sexual». Lo conceptualiza Dana Mills en su texto clásico Dance and Politics: Moving Beyond Boundaries (2017), (Danza y política: Más allá de las fronteras) donde describe la danza como un sistema igualitario que rompe barreras identitarias y políticas.

La danza es una intervención política potente. Otro analista, André Lepecki, introduce el término «coreopolítica» (choreopolitics): la capacidad de moverse políticamente, redistribuyendo cuerpos, afectos y sentidos para experimentar espontaneidad corporal. Opuesta a la «coreopolicía» (choreopolice), que regula el movimiento para alejarlo de la libertad y mantener el orden dominante.

La coreopolicía opera como disciplina masiva en los regímenes totalitarios: los desfiles marciales permanentes y la prohibición de las manifestaciones espontáneas.

La coreografía mileísta, diferente a la clásica coreo peronista, diferente a la menemista y a la cristinista, confronta con el hieratismo radical: es impensable imaginar a un Alfonsín bailando, y menos a De la Rúa. La coreopolítica permite precisamente situar una ubicación en el mapa político. Es una liturgia expresiva.

Y Milei, ya sea por intuición o por estrategia, se mueve con una nueva gramática física, con raros vestuarios y peinados nuevos que se propagan a la velocidad de la luz en las redes.

¿La coreopolítica garantiza algún resultado concreto en términos de gestión?

No garantiza nada de eso.

Es un punto de intersección distante de los hechos mismos entre la sociedad y los líderes políticos de turno.

Un discurso sin discurso orgánico. Una exploración emocional.

Subliminal, si se quiere.

Entre la afonía rockera y el «amor salvaje» se escribe una nueva —y para muchos perturbadora— coreografía política en la Argentina. La danza es también un campo de batalla político. Lo novedoso aquí es la hibridación: rock libertario + folclore tradicional + abrupta sensualidad escénica + confrontación callejera. Milei busca articular adhesiones en un movimiento que oscila entre la provocación erótica y la reivindicación popular.

En un país donde el peronismo históricamente monopolizó la emotividad corporal (marchas, bailes en plazas, murgas), esta apropiación simbólica genera tanto fascinación como rechazo visceral. Detrás del baile se yergue la realidad. Porque el baile es show. Una ilusión. Un abracadabra estridente.

Un parpadeo.

Y cuando finaliza la magia, vuelven inevitables los trabajos y los días.

Y sin embargo, no es pura nada el show.

Algo no cambia y a la vez algo cambia, se inscribe, perdura.

Es rédito político y quizás lo contrario.

Pero siempre el espectáculo deja estela.

Se disipa y permanece.