Matar en Minnesota
El revés y el derecho
Fidel Sclavo
El comandante Bovino tiene aire de ser dos a la vez. Ambos son el mismo burlón que expresa, al principio interés por lo que escucha, e inmediatamente después se alza como quien es: un militar despiadado, dispuesto a defender al que mata, siempre que éste cumpla con lo que está mandado.
Matar es una palabra horrible, la peor de las palabras. Bovino nació para limpiarla, a las órdenes de la autoridad, y estos días lo hemos visto, subido a la tarima de sus razonamientos, explicando por qué quienes han sido asesinados por los suyos merecían la muerte: se la estaban buscando.
Sus ruedas de prensa han sido desfiles militares hechos para amedrentar a los periodistas y también a los que, escondidos en sus casas, han sentido que la pistola los apunta, y apunta también a los niños, a las mujeres, a cualquiera que padezca el aire de la disidencia.
Estos días su imagen, la imagen de Bovino, ha aparecido en todas partes. Tiene el aire del que, sin llevar pistola u otras armas, en su propio aspecto, en sus ojos, en su risa cortada, en el modo de expresar la ansiedad de su boca, expresa la posibilidad del disparo. Y no porque lo vaya a ejecutar él.
Él, Bovino, ha sido en estos tiempos el que ha representado al presidente de los Estados Unidos en una guerra que se mantiene en el territorio que no le gusta a Donald Trump: aquel en el que, por ley, mandan sus contrincantes, aquellos a los que él no ha logrado domeñar y son responsables de territorios que no le pertenecen. Él, Donald Trump, ha inducido al miedo, lo ha protagonizado, para que sus países, y todos los países, desde Groenlandia a cualquier territorio que se le enfrente, sientan que le deben al menos la existencia, el derecho a vivir en paz, de día y de noche.
En una canción del cantante catalán Raimon se habla de los que matan y de los que mandan matar, y este hombre, de apellido tan inolvidable, Bovino, es de los que pueden hacer, tan solo con la mirada, que quienes estén a su cargo sientan que todo es posible con un rifle en la mano y con un presidente que los apoye. Su presencia patética, y ruin, en las explicaciones oficiales del último asesinato en Minnesota, son la crónica del estupor que forma parte de la presente historia asustada de ese país, Estados Unidos, en el que manda Trump como un matón del Oeste.
Primero mataron a una mujer, Rennee Nicole Good, de 37 años, madre de tres hijos, porque salió corriendo en su coche al ver que quienes luego la asesinaron iban a por ella, sin piedad. Y sin piedad la mataron. Es imposible olvidar el estupor de su cara, como si estuviera arrojándose a un precipicio al que la conducía la peor de las persecuciones: la que no se entiende, la que viene del azar que domina la maldad.
Ella ahora no es tan solo un símbolo norteamericano; cualquiera, en cualquier sitio del mundo, puede ser víctima de esta facilidad de matar que Estados Unidos, su presidente, sus seguidores, sus imitadores en todo el mundo, han puesto a disposición de la autoridad que se llama maldad. Maldad es la horrible señal de la amenaza; ésta ha sido atraída ahora al mundo por Donald Trump, él no tiene piedad, quizá algún día tampoco tendrá perdón.
A Álex Petri, enfermero, 37 años, lo fueron matando desde que quisieron apresarlo, en la calle. Era un transeúnte comprometido, no quería que su país, su territorio, fuera también el cuartel de la muerte, un sitio en el que de pronto empezaron a surgir los ruidos del mal y del asesinato. Petri, que tenía la cara de los que no vienen de fuera, quería grabar una de esas tenidas sin piedad que ahora persigue la imposible paz en Minnesota.
Petri, que llevaba en la cara, a la vez, estupor y curiosidad, iba provisto de un teléfono con el que grababa a los que luego fueron sus asesinos. Éstos dijeron luego que aquel ciudadano llevaba un arma irresistible. Y no era verdad. Casi es verdad de lo que explica Bovino, pero ha sido quien detentó la posibilidad de llamar verdad a la mentira. A Petri se le ve tratando de escapar de ellos, que lo persiguen y lo derriban mientras él se zafa y se zafa como un niño que escondiera o un tesoro o su vida.
De pronto se escucharon los disparos. Son escalofriantes, como avisos horribles de la muerte. En los Estados Unidos los disparos parecen dagas que no desgasta el tiempo, que la gente usa como para llamar a la puerta, esa pistola al cinto que en un tiempo nosotros creíamos que era tan solo un juguete del Oeste.
Poco a poco aquello que parecía una escaramuza se convirtió en un asesinato. Petri, aquella sonrisa que se mantiene en las fotografías, había sido reducido por un ejército de encapuchados que, igual que ocurrió con Renee Nicole Good, no podrá ya dar a conocer la última oportunidad de sus suspiros.
Los hombres y las mujeres que mandan matar explicaron después que aquel Petri, como aquella Renee, eran culpables, al menos eran culpables de existir. Bobino fue señalado para defender a los que mataron, y por tanto a los que mandan matar. Minnesota es ahora ese símbolo que hace años fue Vietnam, o Chile, o Argentina, o España, cualquiera de los países donde la sangre fue también la matanza a sangre fría que quedó como un escalofrío en la historia.
Presidentes recientes de los Estados Unidos han alzado su voz para advertirle al que manda, Donald Trump, que este símbolo ensangrentado del país que representa no puede sostenerse más en estas circunstancias. Ahora ese país, Estados Unidos, a cuyo frente está un burlón que quiso destruir el Capitolio porque él ya no mandaba, es como muchos de aquellos países en los que, poco a poco y luego aceleradamente, se ha ido destruyendo la democracia.
Asesorado por sí mismo, pues quienes están alrededor son un calco de su ceguera. Este hombre ha generado miedo en su país, de donde la gente se va triste y sigilosa, y estupor en los numerosos países a los que, cada día, amenaza con la ruina.
Compró Venezuela humillando a los que la querían gobernar y creyeron que él iba a ser el redentor del futuro, y humillando también a los que pasaron de ser revolucionarios locales a ser parte de la industria norteamericana del petróleo. Venezuela es ahora un juguete de Trump, un lugar al que solo se puede acercar si eres capaz de entender que ya no existe o está por volver.
Venezuela no se merecía el país que fue, antes de Maduro y antes de que Maduro ingresara en un penal norteamericano. Ese país no merece también la humillación norteamericana. Pero ahí es propiedad ahora de los designios del hombre que quiere también mandar allí y donde le apetezca; querrá ser dueño de Argentina, de España, de Alemania o de cualquiera de esos pequeños países de los que él se burla igual que se lugar, por ejemplo, de Francia…
Todos hemos visto ya lo que sucede, en todos los lugares que ahora conocen la inquietante destreza que tiene este hombre para simular que, con el dinero y con la amenaza, va a destruir el futuro del mundo con la condición de que éste sea dócil o norteamericano.
En ese clima vive ahora la sociedad, el universo, los sitios chiquitos y los sitios grandes, la certeza de que este no es el universo que querríamos para nuestros hijos, para nuestros nietos, para nuestros sueños. Pero, miren, este es el mundo en el que Bobino y Trump explican que están a cargo, que son los que mandan matar.