Las fotos que todavía importan

Pasiones argentinas
  • En un mundo de ediciones infinitas, hay imágenes que conservan su valor: imperfectas, únicas, y capaces de recordarnos que mirar bien sigue siendo un arte.
  • La vieja cámara que se volvió tendencia este verano.

Moda vintage en Pinamar. Foto: Fernando de la Orden

A Hermenegildo Sábat le gustaba comparar su vieja y querida cámara de fotos Leica con el tango. Decía que el bandoneón se había inventado para poder usarlo como un órgano portátil y llevar ese sonido a todos lados, algo parecido a lo que ofrecía la Leica: sacar fotos en cualquier lugar.

El gran caricaturista de Clarín fue también un fotógrafo excepcional, formado en la espera y en la mirada. Jamás sacó una foto digital. Mientras la tecnología avanzaba en técnicas de edición y rapidez, él volvía siempre a su primera cámara. A una práctica deliberadamente limitada, donde cada imagen era única. Y por eso importaba.

Hoy, esa lógica -la de que algo se perdió en medio de tanta abundancia- reaparece, de manera inesperada, en las playas argentinas. Entre reposeras y parlantes sale un objeto que descoloca. ¿Nuevo? ¿Viejo? ¿De qué época? Es una cámara digital de principios de los 2000. Pantalla chica, botones duros, zoom lento. Alguien aprieta el disparador y, después, todos se juntan para ver la foto. Hay risas. Nadie edita. Nadie borra. Las imágenes, muchas veces movidas, quedan como están.

Como quedó la foto -mitad velada- de un verano junto al chico que me gustaba, con su guitarra, en Villa Gesell.

Muchos de los adolescentes que ahora descubrieron la vieja cámara de los 2000 no conocieron la vida antes del smartphone, pero intuyen que algo se perdió en el camino. Volver a esas cámaras “viejas” parece una forma de aceptar que no todo es editable, reversible. Una foto que no se puede corregir también es una foto que se acepta.

Sábat tenía dos ídolos entre los fotógrafos. Uno era Henri Cartier-Bresson, a quien admiraba por su teoría del “momento decisivo”: ese instante irrepetible en el que todos los elementos entran en equilibrio dentro del encuadre. El otro era Robert Capa, el valiente reportero que se metió en el agua durante el desembarco en Normandía para retratar a un soldado agazapado en el mar.

La fotógrafa belga Martine Franck decía que una fotografía es “un fragmento de tiempo que no volverá”. Tal vez por eso, desde hace siglos, la humanidad intenta detener el tiempo. Durante años la fotografía fue un privilegio de pocos, hasta que en 1888 Kodak lanzó su primera cámara para el gran público con un eslogan inolvidable: “Usted aprieta el botón, nosotros hacemos el resto”. Más tarde, en 1925, la Leica de Oskar Barnack terminó de democratizar la mirada: compacta, rápida, discreta, lista para salir al mundo.

Después llegó lo digital y, de ahí en adelante, la revolución. Ahora aparece el deseo de volver atrás. A una foto que no se corrige. A un recuerdo que no se sube a las redes de inmediato. A las cámaras que, como la Leica de Sábat, devuelven el valor del instante y la aceptación de su imperfección. La foto queda como quedó. Y en ese gesto mínimo, casi sin saberlo, se rinde homenaje a una idea vieja y persistente: que mirar bien sigue siendo más importante que tener la última tecnología. Y que, a veces, lo viejo no solo funciona. También nos enseña a mirar mejor.