No todo en la derecha es lo mismo

Trama política
  • Sobresale el contraste entre Milei y otros líderes de la derecha. Ante la devastación de los incendios en Chile hubo una planificación entre Gobierno y oposición.
  • Kast llamó a cruzar las fronteras ideológicas y se reunió con Lula.
  • Aquí el líder libertario tuvo una reacción tardía por el fuego en la Patagonia.

Juntos. El pinochetista y futuro presidente de Chile José Antonio Kast y Javier Milei. Foto: EFE

Gabriel Boric, todavía presidente de Chile, se reunió tres veces en veinte días con su sucesor, José Antonio Kast, que asumirá a partir del 11 de marzo. La razón fueron los incendios devastadores en el Sur del país que ya causaron más de 20 muertos y 21 mil evacuados. Ambos recorrieron la zona de la tragedia. El actual mandatario procede del Partido Comunista; el futuro es un conservador de derecha que supo abrevar en el pinochetismo.

Boric y Kast, luego del segundo encuentro, entregaron una declaración conjunta para anunciar que ponían en marcha un plan de urgencia focalizado en la construcción de viviendas destruidas por el fuego. Las primeras edificaciones comenzaron. Boric agradeció a Kast, en público, su interés por informarse y coordinar todos los trabajos. El derechista retribuyó cada uno de los elogios.

En la Argentina, los incendios en la Patagonia arrancaron en diciembre del 2025. El foco mayor tomó cuerpo el 5 de enero de 2026 en la zona de Puerto Patriada (Chubut). Veinticuatro días más tarde el gobierno de Javier Milei incorporó oficialmente el tema a su agenda, declaró la emergencia y comunicó una ayuda de fondos millonarios para los bomberos voluntarios. Nadie del oficialismo, salvo Diego Santilli, el ministro del Interior, solo por una casualidad, se trasladó hasta la zona del desastre.

La demorada reacción del gobierno libertario resultó aguijoneada por dos motivos. La presión de los gobernadores de la Patagonia, en especial el chubutense Ignacio Torres, para que fuera declarada la emergencia. La cercanía de las sesiones extraordinarias del Congreso con proyectos de especial interés para Milei. Entre varios, la reforma laboral y la ley de la baja de la edad de imputabilidad. Donde los votos provinciales serán clave. Es decir, existen motivos para presumir que sin aquel cerco político los libertarios hubieran continuado ajenos al drama del fuego que ya consumió 45 mil hectáreas.

El episodio podría ser quizás una muestra de la cantidad de anomalías que arrastra el Gobierno y el sistema en general. Milei sin darse cuenta planteó algunas de aquellas como supuestas herramientas para cambiar el país. Lo hizo cuando participó en Mar del Plata del adormecido Derecha Fest. Mencionó tres frentes de combate: el de la gestión, el político y el de la “batalla cultural”. Veamos el primer tópico. En 2024 la administración libertaria ejecutó apenas el 22% del presupuesto del Servicio Nacional del Manejo del Fuego. En 2025 dejó sin ejecutar un 25%. Para el presupuesto 2026 se aprobó un recorte de hasta el 69%. La partida asignada fue fijada en $ 20.131 millones que tiene como punto de partida un 59% menos que años precedentes. Ejemplo: las horas de vuelo de monitoreo para prevención pasaron de 5.100 a menos de 3.000.

Según la visión del Presidente la importancia de la gestión estaría circunscripta a la estabilización de la macroeconomía y el descenso de la inflación. En resumen, a los rulos que con enorme creatividad realizan Luis Caputo, el ministro de Economía, y Santiago Bausili, el titular del Banco Central. Se puede convenir que en ese aspecto parece sintonizar un amplio sector de la sociedad. Las restantes carteras serían de segundo orden con una fiscalización laxa. Al Ministerio de Seguridad le imponía su sello Patricia Bullrich, ahora senadora. Alejandra Monteoliva, su reemplazante, toca una partitura menos sonora.

Tampoco está clara (¿o sí?) la interpretación de Milei sobre el combate político. Sería consolidar, a lo mejor, una fuerza hegemónica de pensamiento único que barra “con los zurdos y el socialismo del siglo XXI”. Una invención original. El líder libertario ha sabido progresar en una parcela de ese terreno: construyó un partido nacional, incrementó de modo sustancial su presencia en el Congreso y hasta permitió la práctica de alianzas para favorecer sus necesidades de coyuntura.

Seguiría siendo una mirada algo estrecha para producir, como prédica, un cambio definitivo de nuestro país. Ni Boric ni Kast en Chile solucionaron con sus reuniones el problema de los incendios forestales. Pero con sus gestos transmiten una noción de previsibilidad y orden más allá de las profundas diferencias ideológicas. Podría hablarse de políticas de Estado que suelen ser las acciones que trascienden los períodos de gobierno y apuntalan la estabilidad.

La cuestión se tornaría pedregosa para Milei. Dice no creer en el Estado, aunque el tándem “Toto” Caputo y Bausili lo representan con sus maniobras financieras de modo incuestionable. Figura también entre los límites la estrechez ideológica. Kast es tan o más derechista que Milei. Pero viene demostrando que tiene su cabeza abierta y quizás otra formación. Acaba de sorprender con la nominación de un futuro gabinete donde fueron nominados dos ex funcionarios de la ex presidenta socialista Michelle Bachelet. Son Ximena Rincón y Jaime Campos.

Nadie pretendería que el Presidente converse el drama de los incendios patagónicos con Cristina (presa) o Alberto Fernández. ¿Por qué no pudo haber realizado alguna consulta, por caso, con Mauricio Macri? En su tiempo en el poder el ex presidente afrontó desafíos similares. El PRO es además el principal aliado del oficialismo. Pero Milei solo pretende devorarlo antes que regalarle algún protagonismo.

Algo similar ocurre en las relaciones internacionales. El alineamiento presidencial con Donald Trump se convirtió en un obstáculo insalvable para el vínculo con Lula. Brasil es junto con China el socio comercial más importante de la Argentina. Siempre resulta peor el papismo que el Papa: Washington y Brasilia, pese a todo, progresan con intensidad en las negociaciones para la reducción de aranceles que Estados Unidos impuso a Brasil.

Milei es amigo de Jair Bolsonaro y su familia. El chileno Kast también. El mandatario electo de Chile se juntó la semana pasada en Panamá con Lula en la cumbre del Foro Económico Internacional para América Latina y el Caribe. La agenda entre ambos fue amplia, en especial sobre aspectos comerciales y de seguridad. Sobresalieron ciertas expresiones del chileno insistente con la necesidad de “cruzar las fronteras ideológicas”. Pueden haber existido, aseguró, “cuando uno ejerce una candidatura. Es distinto cuando uno representa a un país. Cada uno se instala en su país y busca lo mejor para sus compatriotas”.

La conducta del chileno Kast estaría demostrando varias cosas. Ser de derecha o ultraderecha no implica, estando en la cima del poder, mantener las anteojeras ideológicas. También, que resulta posible enhebrar un vínculo con Washington sin alineamientos sumisos. Valdría una aclaración: Chile, aún con infinidad de problemas, posee una estructuración económico-financiera mucho más sólida que la Argentina. Otra cuestión será que Milei deba calibrar de nuevo –con otros matices- la formación de un bloque regional con gobiernos afines que gestiona el canciller Pablo Quirno. Las cuentas están a la vista: en el giro a la derecha que expone la región no existen mandatarios que se identifiquen con la rigidez de Milei.

La “batalla cultural” a la que aludió el Presidente en el mitin de Derecha Fest parece que se va circunscribiendo al plano de su pensamiento económico. Espoleado con la caída de la máscara de la cordura que se había colocado después de la debacle electoral en Buenos Aires. Su caballito de batalla han vuelto a ser los periodistas y los políticos. La novedad es que incluyó entre sus diatribas a la siderúrgica Techint y al empresario Paolo Rocca. Esa fábrica perdió en manos de otra de la India (Welspun) una licitación para la provisión de caños del tendido para un gasoducto de 500 km en Río Negro.

Milei despotricó contra los empresarios prebendarios del Estado y dijo, en alusión a Techint, que las empresas que producen con costos más elevados deberían ir a la quiebra. Alucinante. Sería lo mismo que si Trump instara a la desaparición de la automotriz Ford porque la empresa no repone en Estados Unidos las plantas que posee fuera del país. Techint es la fábrica argentina trasnacional más importante.

De nuevo habría que recalar en Kast para comprender ese abanico de la derecha. El futuro presidente de Chile no tiene en sus planes ninguna modificación sustancial sobre la corporación nacional Codelco, la mayor productora de cobre del mundo. Es propiedad del Estado, aunque convive con inversiones privadas. El primer paso de la nacionalización correspondió en los ‘60 a Eduardo Frei. La profundización definitiva fue obra de Salvador Allende (1971). Ni Augusto Pinochet modificó el status. A esa continuidad se suele llamar política de Estado. Preservación de intereses permanentes.

Probablemente el Presidente no crea en nada de eso a partir de su visión de que la Argentina es un país que ha fracasado en los últimos 100 años. Los verdaderos intereses habría que empezar a resguardarlos recién desde ahora solo con el entorno de los mercados. A lo mejor el líder libertario estaría yendo un poco rápido en la valoración de su gestión.

El Gobierno publicó en el Boletín Oficial un decreto que determina que el 2026 será el “Año de la grandeza Argentina”. Informa que toda la documentación de la Administración Pública deberá llevar esa inscripción. El Gobierno fundamentó su decisión. Sostuvo que la administración libertaria profundizó en 2025 la reconstrucción de los pilares de la nación asegurando “una mayor libertad para todos los argentinos”.

Es decir, Milei supone que en dos años habría borrado los 100 de decadencia que atribuye a nuestro país. La voluntad de decretar fantasías no podría asociarse con el liberalismo. Memora en todo caso delirios como los de Nicolás Maduro cuando fijaba la fecha de la Navidad. No existe intención comparativa entre uno y otro: solo desnudar aquellas cosas públicas que son extremadamente poco serias.