No sabía qué ponerme...
Pasiones Argentinas
"No sabía qué ponerme, y me puse feliz".
A lo mejor no es tan difícil. Quizá con un pequeño esfuerzo alcanza. O con un breve ejercicio de concentración. Abrumados por una realidad que no da tregua, cargados de obligaciones, de trámites infinitos, de la necesidad de resolver problemas que en la mayoría de los casos no sólo no creamos sino que fueron provocados por aquellos que supuestamente nos están brindando un servicio; hartos de ser guiados por los laberínticos pasillos de la burocracia pública y privada por un algoritmo que suele no estar preparado para responder justo esa duda que necesitamos despejar, agotados de elegir y presionar doscientas opciones en el teléfono antes de lograr acceder a una voz humana, atiborrados de claves, passwords y contraseñas que debemos memorizar hasta para la operación más elemental, aburridos de sistemas que se caen y no permiten ordenar ni una pizza... Cada quien podrá agregar al listado las inclemencias y desdichas cotidianas que lo desvelen. La posibilidad es infinita. No hablamos de dramas reales, de duelos que forzosamente debemos atravesar en consecuencia sino de esos problemas menores que pueden hacernos perder la perspectiva, y la paciencia. De lo que se trata aquí no es de sobreabundar en ellos sino de parar la pelota y buscar un atajo que nos permita poner el foco en lo importante. La vida, la propia y la que palpita alrededor; los afectos, la belleza que nos rodea, todas esas cosas por las que vale la pena estar vivo. Si un problema tiene solución, no es problema. Y si no la tiene, menos. Podemos, de a poco, ensayar con algo que leí por ahí en estos días: “No sabía qué ponerme, y me puse feliz”. Suerte.