Italia y Argentina, entre Verdi y el Gattopardo

Debate

La premier de Italia, Giorgia Meloni y el presidente Javier Milei. Foto: Roberto Monaldo/LaPresse via AP

1848, “la primavera de los pueblos”: estallan fuerzas contenidas por décadas y suena en Europa la hora de conformar Estados nacionales. ¡Uniamoci, amiamoci, L’unione e l’amore! reza el himno italiano escrito un año antes; la unión es el amor. “Il Canto degli Italiani” se abandona en 1861, lo mismo que la bandera verde, bianca e rossa –valles, Alpes y sangre–, nacida en una rebelión republicana de 1797. Ambos símbolos resurgirán recién en 1946 al abolirse la monarquía y proclamar la república.

Febrero de 1852. Tras 30 años de guerras civiles, el variopinto “Ejército Grande Aliado de Sudamérica” derrota a Rosas en Caseros. La unión hace la fuerza y abre el camino a la Constitución pero Buenos Aires se separa hasta 1861, cuando la República se unifica con la presidencia de Mitre.

Ese mismo año, Il Risorgimento culmina con la unificación de Italia y Vittorio Emanuele II es Re d’Italia. Los mosaicos previos de reinados y ducados allá y de provincias y caudillos acá conforman países, aunque Roma será capital recién en 1871 y Buenos Aires en 1880. Es entonces cuando el aluvión migratorio origina los “argentanos”, inherentes aún hoy a nuestra cultura.

Antecedentes de familia. Entre 1842 y 1848 Giuseppe Garibaldi –Il corsaro della libertá– y su Legión Italiana han luchado en aguas del Plata junto a los unitarios. El “héroe de dos mundos”, republicano fervoroso, ha sido cófrade de Giuseppe Mazzini, que en 1830 fundó la Giovine Italia, modelo de la Joven Argentina de Echeverría, Alberdi y Sarmiento.

El recorrido común culmina cuando, en 1878 asume el hijo de Vittorio, Umberto primo, rey hasta 1900, cuando muere asesinado; mientras Julio A Roca deviene en el jefe político indiscutido desde 1880 hasta su muerte, en 1914. Entretanto, la inauguración del primer Teatro Colón de Buenos Aires, en 1857, presenta La Traviata del gran Giuseppe Verdi y al año siguiente siete patriotas fundan la Societtá Unione e Benevolenza, que abrirá el Hospital Italiano en 1872.

Verdi –cuyo apellido es acróstico de Vittorio Emanuele Re d’Italia– logra gran popularidad y su coro de los esclavos de Nabucco se identifica como un himno contra la opresión de Austria y Francia expresando anhelos de libertad, sentimiento que inflamó también a la nueva Argentina.

Dos génesis paralelas aunque con enormes diferencias: la unificación de Italia instaura una monarquía unitaria y le da la derecha a Il Gattopardo en aquello de “que algo cambie para que todo siga igual” mientras acá nace una república federal. También difieren sus bases económicas: una es imperial; la otra, dependiente.

El siglo XIX pare los nacionalismos-románticos, pero –no es un detalle– así como monarquía es lo opuesto a república no todos los nacionalismos son del mismo corte.

El “nativismo o social-nativismo” (T. Piketty) cultivado últimamente en Polonia, Hungría y el este de Europa como reacción ante la desilusión poscomunista, así como el resurgir del ideal panruso con Putin, confluye con la visión de los Fratelli d’Ítalia afiliados al neofascista Movimiento Social Italiano donde Meloni hizo sus pininos y del Vox hispánico que por poco no realiza sus actos en latín. “Dios, Patria y Familia”, rezan para “hacer una España grande”, copia del Make America great again que lucen las gorritas de Mr. Trump, paladín del new big stick global que “no se siente obligado a la paz”. Milei, fotocopia.

Para todos ellos, nacionalistas del norte, los migrantes que antes se apreciaron como mano de obra barata constituyen hoy amenazas a la seguridad nacional. ¿Solución? La mira de Trump se enfoca en su hinterland (Canadá, Groenlandia, el golfo de México, Panamá, el Caribe); con similares argumentos podría extenderse a Tierra del Fuego y la Antártida: los intereses “americanos” ante todo.

Cuidando modos democráticos, Meloni se opone al aborto, el matrimonio igualitario, la eutanasia, ideas antiliberales defendidas en nombre de la libertad y Milei se siente su “amigo”, socio de su mismo club. Pero Giorgia advirtió con firmeza a Trump mientras la UE, ¡tras 25 años!, firma con el Mercosur.

No es poco; hace rato que Italia está entre las diez primeras potencias del mundo y, muy lejos de ello, la Argentina empobrecida, se ubica 25 por su PIB nominal y está por encima del puesto 60 en cuanto a competitividad global y 75 en su PIB per cápita.

Destaquemos: varias empresas italianas tienen importantes inversiones en la Argentina, especialmente en energía y también en construcción, maquinaria agrícola, alimentos, telecomunicaciones, tecnología de servicios y finanzas. Mal que le pese a Milei el mundo es multilateral y los BRICs una realidad palpable que impone condiciones a los discursos monopolizadores.

Vistas en perspectiva, ¿son adolescentes nuestras jóvenes repúblicas americanas o es en realidad que las metrópolis tradicionales –también Rusia y China– recurren a enunciados nacionalistas para reanimar su histórica vocación imperial? “América para los americanos”, dijo Monroe en 1823 y hoy Trump pretende multiplicar su “espacio vital” desdeñando a la vieja Europa.

El alineamiento automático, entre carnal e ignorante, empeña nuestra soberanía y va a contramano de ese país pujante, cooperativo y progresista que se construyó de la mano de la inmigración euroasiática –“bajó de los barcos”– asentada sobre un territorio nutrido por siglos de aborígenes-afrodescendientes-mestizos-criollos. En lo diverso late nuestra herencia más poderosa. Va, pensiero: vuela, pensamiento con el dulce aire de la tierra natal…