La ciudad en las vidrieras
Miradas
Detalle de "Las rebajas" (1959), fotografía de César Lucas que integra la muestra "Escaparatismos", en el Museo de Arte Contemporáneo de Madrid.
Parece una fiebre colectiva que inaugura cada año. Empieza después de Reyes, gana la ciudad y se extiende hasta fines de febrero: las rebajas (así llaman a las liquidaciones) son una institución tan acendrada en la cultura española, que muchos postergan toda compra no indispensable hasta ese momento, que marca con descuentazos el final de una temporada y la llegada de la siguiente.
Ese curioso rito de pasaje en el que la moda cambia de piel y nos invita a seguirla, pero hacia atrás se articula en las vidrieras (compramos lo que la temporada da por gastado en una modélica celebración de la anacronía). En ellas, el tiempo de las gangas traduce una estética que juega con el deseo y lo administra.
Bicocas, chollos, pichinchas y oportunidades que salen al paso nos convencen de comprar lo que no necesitamos. Los escaparates se engalanan para seducir. Colores y porcentajes hipnóticos reclaman la atención de quien pasa y lo invitan a entrar en una tienda y la siguiente. El día de pesca puede pagar con reducciones de hasta el 70% de los valores originales y educa la mirada para descubrir tesoros en las mesas de saldos.
De la calle al arte. Esa ebullición que refleja tras los cristales el modo en el que una ciudad ofrece, consume y espeja a sus habitantes anima “Escaparatismos”, muestra que ofrece el Museo de Arte Contemporáneo de Madrid, con fotos, pinturas y grabados que cuentan la capital de los años 60 a hoy, a partir de la mirada que diversos artistas le han dedicado a sus vidrieras, desde Alfredo Alcaín hasta Amy Chang.
La pasarela que conduce del negocio tradicional castizo (boinas, lencería femenina, camisas y trajes) al comercio poli rubro de estética globalizada gerenciado por inmigrantes registra los cambios de las fachadas y los modos de mostrar, de ordenar, de disponer del espacio al compás de las mutaciones sociopolíticas.
Las rebajas imponen su lenguaje de precio tachado, sobrescritura y números a la baja. Son elocuentes y la memoria juega a su favor. Antes de dominar los signos y la señalética urbana, las vidrieras dibujan el primer mapa que podemos entender de un territorio propio, el barrio, la cuadra.
Detenerse ante ellas es anhelar, como cuando éramos niños, el juguete aquel por el que nos portábamos mejor que bien, haciendo méritos para merecer alguna vez ese regalo soñado que nos haría sentir amos del mundo.